
Pero el acontecimiento verdaderamene inaudito al que me refiero no es el encarcelamiento del señor Varela, sino a la gallardía y dignidad con la que éste ha afrontado los acontecimientos.
Estamos tan acostumbrados a la bajeza moral de la clase política, capaz de traicionar no ya sus ideales sino a sus votantes, a su pueblo, por un sillón, por un salario, por un simple minuto de gloria, que sobrecoge el espíritu ver el ánimo y el aplomo con el que un hombre cargado de convicciones se enfrenta a su destino, por injusto que éste sea.
Por desgracia, los últimos años hemos visto en demasiadas ocasiones entrar en la cárcel a alcaldes y concejales de los partidos que nos gobiernan. ¡Qué diferencia! Cualquier comparación resulta insultante. La cabeza gacha, tapando su rostro para ocultarlo a las cámaras, rodeados de gentes que les insultaban y dispuestos a vender a su madre con tal de ahorrarse un día de presidio.
No he podido evitar la maldad de imaginarme a Zapatero, a Rajoy o a cualquiera de sus genuflexos cortesanos ante la tesitura de traicionar su pensamiento o ir a prisión. Y no tengo ninguna duda de que optarían por la opción más práctica y menos honorable, porque al final, esto es una cuestión de honor y convicciones, y nuesstros políticos no tienen ni lo uno ni lo otro.
Quiero dejar testimonio público de la admiración que en mí despierta un hombre que es capaz de afrontar su destino, aunque sea injusto, con la entereza y presencia de ánimo con que lo ha hecho el señor Varela.
Hoy en España la dignidad, el honor y la coherencia tienen un nombre: Pedro Varela.

